Un erotismo esquilmado. Tabúes y transgresiones del cine ecuatoriano

14.10.16 en 12:57 a.m.








En una escena del Tiag: Lo que aun existe y es inagotable (1987), emblemático documental de Gustavo e Igor Guayasamín se pone en escena una bellísima escena de sexo entre personas indígenas. La escena empieza con unas colinas brumosas, en donde poco a poco aparecen los miembros de una familia, la cámara se acerca cada vez más hasta encuadrar una serie de imágenes al interior de una choza en penumbra. A contraluz del fogón ardiente donde se prepara la comida se vislumbra a una niña y una pareja de adultos; en un momento dado, casi en obscuridad total, se escucha el siguiente parlamento: “Longuita tentadora, acompáñame, ya vamos. Escondiditos dentro de la paja, la pierna hemos de acariciar. Mi pajarito se levanta”.

Esta escena es una de las pocas imágenes que el cine ecuatoriano a producido sobre el erotismo en el mundo indígena. Su mérito acrecienta si consideramos que partiendo de una serie de planos documentales se construye una escena que alude y elude la sexualidad indígena y hace el transito del mundo social al mundo íntimo.

Esta escena me lleva a dos cuestionamientos fundamentales, el primero sobre la ausencia de imágenes de sexo entre personas indígenas, el segundo sobre la dificultad que a lo largo de su historia ha tenido el cine ecuatoriano para abordar el erotismo. En el imaginario colonial se representó a los indígenas como seres infantiles, por tanto desexuados. Este imaginario, que aun pervive en el cine, han hecho de la sexualidad indígena un tabú de difícil de representación. Por otro lado, el realismo social que ha prevalecido en el cine nacional implicó que por mucho tiempo prevalezca la representación de las relaciones que se dan en el espacio público, mientras que la intimidad permanencia omitida. Repasando en mi mente las películas ecuatorianas que recuerdo, me queda la impresión de que las relaciones sexuales ha sido un tema secundario, representado visualmente a partir de elispsis, encubrimiento o metáforas y ha sido tratado a partir de una serie de prohibiciones morales, sociales, culturales y reglas estrictas para la relación entres los sexos. Mi hipótesis es que el cine nacional -sea por una su herencia colonial, su estética social o por el temor a la censura- ha representado el sexo de forma tortuosa, encubierta y monolítica.

Maticemos un poco el argumento. La puesta en escena del acto sexual es una de las tareas más complejas que puede tener un cineasta ya que el sexo en si mismo es el espacio de lo inenarrable. Sabemos, gracias a Georges Bataille, que el erotismo rima  con la muerte, es el umbral de lo social, de ahí que el filosofo francés designe al orgasmo como “pequeña muerte”. Cómo filmar entonces aquel acto inenarrable que implica una afección pura, el desfallecimiento de las acciones y la suspensión de lo social. Tanto el porno como el cine erótico ensayaron una respuesta, los grandes autores desde Pier Paolo Pasolini a Catherine Breillat pusieron poesía al sexo explicito. Por otro lado, como es bien conocido, todo deseo se articula desde una subjetividad que inevitablemente está atravesada por tabúes de género y sexualidad pero también por prohibiciones de generacionales, de clase y etnicidad. De ahí que el cine sea un escenario en disputa para el posicionamiento de distintas formas de erotismos y sexualidad.  

En un medio como el ecuatoriano, donde el cine está dirigido a un espectador masculino, de clase media, urbano, blanco, y fundamentalmente juvenil, resulta arriesgado exponer demasiado la sexualidad. La censura, el moralismo, el bien cívico y una serie de herencias coloniales han esquilmado la presencia de un erotismo diverso y trasgresor. No creo que todas las películas tienen que apelar al erotismo, ni tampoco pienso que la sexualidad se limita al acto sexual, pero si llama la atención la escasa y poco diversa presencia del sexo en el cine ecuatoriano. 

La mayoría de películas donde se narra o representa el acto sexual, permanecen prisioneras de una mirada androcéntrica, heteronormada que, elipsis mediante, limita la presencia de cuerpos desnudos, las muestras de placer y las representaciones del goce sexual. En películas Dos para el camino (1980, Jaime Cuesta y Alfonso Naranjo), Sueños en la mitad del mundo  (1999, Carlos Naranjo), Ratas, ratones y rateros  (1999, Sebastián Cordero), Cuando me toque a mi (2008, Víctor Arregui) el sexo directamente es ocluido de la historia, sus personajes centrales no se relacionan sexualmente por inocencia, candor o dolor. Aunque el deseo entre distintas personas de distintas regiones, clases y generaciones esta presente este permanece latente y nunca llega a realizarse en la historia o a visibilizarse dentro del encuadre.    En películas como A tus espaldas (2011, Tito Jara), El pescador (2012, Sebastián Cordero), Mejor no hablar de ciertas cosas (2013, Xavier Andrade) el sexo es representado como un acto tortuoso, asociado al desencuentro entre distintas estamentos sociales. En estas películas puede apreciarse una especie de tabu de clase que prohíbe las relaciones sexuales entre distintas estamentos sociales. Cosa parecida puede decirse de películas Cara o cruz (2003) de Camilo Luzuriaga e Impulso (2009) de Mateo Herrera que presentan elaboradas y hermosas imágenes eróticas que son la antesala al desencanto y la crisis afectiva en las clases medias. Realmente, son escasas las escenas donde el acto sexual sea celebrado, plural y libre, más allá de los tabúes morales, sexuales, clasistas y étnicos.   

Aunque en muchas películas ecuatorianas existen escenas de alcoba y relaciones sexuales, sin embargo muy pocas trabajan hacen del erotismo o la sexualidad su eje narrativo. Si mi memoria no me falla, podría mencionar entre estos filmes a La tigra  (1989, Camilo Luzuriaga), A tus espaldas (2011, Tito Jara), Sin otoño, sin primavera (2012, Iván Mora), Sexy Montañita (2013,  Alberto Pablo Rivera) o  La viuda del Tejar (2013, Jorge Bastidas Zea), entre otras. En estas películas las relaciones sexuales entre los personajes tienen un rol protagónico y son los detonantes de la acción. En todas ellas prevalece la mirada masculina que, como nos lo recuerda Laura Mulvey, se sostiene sobre la pulsión escópica que hace del cuerpo femenino su objeto de deseo.  Es por esta razón que afirmamos que el erotismo en el cine ecuatoriano tiene un carácter androcéntrico. En todas ellas la atracción sexual se construye en una relación binaria entre hombres y mujeres que de entrada excluye las múltiples  orientaciones del deseo. Por esta razón se puede sostener que el cine ecuatoriano ha permanecido atado a un esquema heteronormado, que solo hasta hace poco a comenzado a ser cuestionado.

Entre las películas mencionadas, La Tigra sin lugar a dudas marca un hito, cómo la primera película que explota el erotismo de forma directa y hace de la mujer un sex simbol. Basado en el cuento homónimo de José de la Cuadra, el filme reconstruye la historia de una mujer rural, indómita y salvaje que será aniquilada para establecer el orden civilizatorio. La película, de ambientación costumbrista, narra con un sentido trágico la desintegración del mundo primitivo, mágico y mítico gobernado por los poderes sensuales y femeninos de la naturaleza. Si bien el imaginario de la salvaje devoradora de hombres es un fantasma masculino, la película tiene el mérito de introducir una mujer indómita, activa y deseante, como pocas en la filmografía nacional. Recuerdo una escena potente en la un hombre espía a la Tigra, quien se encuentra sobre un árbol, cuando ella se percata de la presencia de voyeur oculto en el río, los rolles se invierten. Ella súbitamente salta al agua, captura a su presa y la devora cual feroz felino.    

Después de La Tigra encuentro poca novedad en el tratamiento de la sexualidad y el erotismo.  El cine nacional continua con una serie de representaciones bastante estandarizadas de la sexualidad y un erotismo algo timorato en el cual el sexo es representado desde una visión masculina, tortuosa y trágica. Habrá que esperar hasta bien entrado el nuevo siglo para encontrarnos con una diversificación de personajes, una pluralidad de deseos y un sentido gozoso de la sexualidad. Un hito en esta dirección es Sin otoño, sin primavera (2012, Iván Mora). La película relata, a través de un montaje no lineal,  la historia de varios jóvenes de la clase media guayaquileña, sus amores, desamores y crisis generacional. Triángulos amorosos, humillaciones sexuales, crisis matrimonial, traición son la tónica de varias historias que se entrecruzan entre sí. La película es tremendamente crítica a instituciones como el matrimonio y la pareja, sin embargo trabaja una noción de erotismo anclado a parámetros clasistas que reflejan la concepción de felicidad y placer de las elites blancas guayaquileñas. En medio de caos afectivo, la película construye personajes femeninos fuertes que toman las riendas de sus vidas, frente a masculinidades en declive. Frente a las representaciones del acto sexual sumarias y tortuosas a las que nos tenía acostumbrado el cine nacional, la película tiene una memorable escena de sexo celebratorio y gozoso.

El cine en general a trabajado escasamente el deseo femenino, solo a partir de los años noventa se puede encontrar películas en América y Europa que tematizaron en toda su complejidad el erotismo femenino. Ecuador no escapa a esa tendencia androcéntrica, en primer termino existen pocas películas que tengan a personajes femeninos como protagonistas. En segundo término, existen unas poquísimas películas dirigidas por mujeres cuyas protagonista es una mujer, pienso como ejemplo en Qué tan lejos (2006, Tania Hermida) y en No robarás... (a menos que sea necesario) (2013, Viviana Cordero).  Estas películas plantean un avance en la representación de los roles de género, presentan mujeres con iniciativa; sin embargo, nos dan pocos elementos para imaginarnos un erotismo desde el punto de vista femenino. En las dos películas las mujeres son representadas como seres poco sexuados. Es por esta razón que me llama la atención una película comercial y tradicional como Retazos de vida (2008, Viviana Cordero). En este filme, el deseo femenino se despliega desde el punto de vista de una clase alta, blanca y heterosexual. En la película, por vez primera el cuerpo masculino se trasforma en objeto del deseo de la mirada femenina.

Cosa similar se puede plantear para el caso de la representación de las diversidades sexuales. En filmes como Cuando me toque a mi (2008, Víctor Arregui) y Sin otoño, sin primavera (2012, Iván Mora) y Mejor no hablar de ciertas cosas (2013, Xavier Andrade) presentan a homosexuales de clases medias y altas como personajes secundados. Sin embrago, estos personajes están  construidos desde una mirada exterior que no se permite indagar sobre el deseo homoerótico. Solo recientemente, el cine nacional ha abierto los caminos para la representación de gays y lesbianas como personajes principales en un cuestionamiento abierto a la heteronormatividad. Feriado (2013, Diego Araujo), El secreto de Magdalena (2015, Josué Miranda), UIO: sácame a pasear (2016, Micaela Rueda) trabajan el homoerótismo desde un registro intimista que desafía la tradición androcéntrica del cine ecuatoriano. Estas cintas pueden ser entendidas como una especie de bildungsroman de adolescencia y conquista de una identidad diversa.

Mención aparte merece Feriado (2013) de Diego Araujo, un filme que aunque no muestra relaciones sexuales, presenta por vez primera en el cine nacional una relación homoerótica, razón suficiente para que haya sido censurada para mayores de 18 años. La película narra la historia de Juan Pablo, un chico sensible y delicado de clase alta que se siente atraído por un joven mécanico fanático del heavy metal llamado Juano. La película plantea con mucha sutileza el encuentro y la atracción entre dos mundos y sensibilidades distintas. El filme tiene varios méritos entre ellos una poderosa crítica a los estereotipos sobre la masculinidad y los roles de clase. Plantea la trasgresión de dos tabúes: el tabú heterosexual que plantea de las historias amorosas solo pueden darse entre hombre y mujeres, y el tabú de clase que plantea que las relaciones sexuales deben darse entre personas de la mismo estamento social. A pesar de este sentido crítico, la narración se focaliza en el deseo del joven acomodado quien a pesar de su carácter introvertido asume un papel activo y protagónico. En una escena del filme, los dos jóvenes se bañan en una cascada,  Juan Pablo recorre con su mirada el cuerpo de Juano, por vez primera en el cine ecuatoriano el cuerpo masculino se transforma en objeto de deseo de una mirada también masculina.  

Me llama la atención que tanto en Feriado, como en Sin otoño, sin primavera, las relaciones entre personas del mismo sexo no llegan a consumarse.  Creo que en ambos casos existe todavía un tabú sexual, las relaciones amorosas entre personas del mismo sexo son permitidas mientras sus relaciones sexuales continúan prohibidas. En el caso de sin  Sin otoño, sin primavera es más evidente ya que el tratamiento transgresor y desenfadado que tiene las historias entre personajes heterosexuales, no es el mismo cuando del deseo lésbico se trata. Si los besos entre personas del mismo sexo aun cansan escandalo, no se diga el sexo homosexual. Habrá que esperar a ver que sucede con una película como UIO: sacamé a pasear que está por estrenarse este año.

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