Consumo audiovisual y nueva cinefilia

14.10.16 en 12:14 a.m.

 





Tarde y en el lugar equivocado

Crecí cuando las salas de cine estaban desapareciendo en Quito. Atrás quedaba la gloriosa época de El Bolívar, El Cápitol, El Alambra, El Fénix; cuando en la cartelera comercial se estrenaba Fellinni y Bergman y el Cine Club Universitario, al mando de Ulises Estrella, tenía 2 mil miembros. Una a una, las grandes salas de cine iban cerrando o transformándose en templos evangélicos, mientras tiendas de alquiler de video, pringosas y poco surtidas, empezaban a proliferar. Los cinéfilos hacíamos lo imposible para conseguir cintas raídas de BETA o VHS de El tambor de hojalataBetty Blue o La última tentación de Cristo. De los clásicos ni hablar, solo era posible verlos en funciones televisadas de trasnoche, en la Cinemateca o ASOCINE.

En ese contexto de escases cinematográfica,  el hambriento cinéfilo que habitaba en mi decidió convertirse en crítico, motivado por la necesidad de hablar, escribir, pero sobre todo de ver más. En una revista juvenil del desaparecido Diario Hoy, escribí mi primera nota, era sobre Crash del gran Cronenberg. Entré a trabajar en la Cinemateca, como programador del Cine Club, con un único objetivo de acceder al magnifico y avejentado estante de BETAMAX repleto de clásicos norteamericanos y europeos que no se los conseguía en otra parte. Abrazado al estante, durante unos buenos años, intenté ponerme al día y devoré como loco Hitchcock, Hawks, Wilder, Welles, y por su puestos los Wajda, Antonioni, Godard, y otros infaltables europeos del canon cinematográfico.

Por aquel entonces tenía la sensación de haber llegado tarde y al lugar equivocado. Pensaba que la gran cita cinéfila había acontecido hace algunas décadas atrás y en otras latitudes más cosmopolitas que mi espesa y municipal ciudad.

En mi sofá

Hace unos meses recibí una invitación para participar en el comité de preselección de los Premios Fénix, una especie de Oscar iberoamericano. Los Fénix me dieron acceso a Festival Scope, una sofisticada plataforma de cine bajo demanda destinada a críticos, programadores y jurados. Me instalo en el sofá de mi apartamento, sin salir de casa me siento en el Festival de Taipéi, en Lorcano o en la Berlinale, miro de un tirón Cavalo Dinheiro, Thanatos, Drunk y El abrazo de la serpiente, filmes recientes de Pedro Costa, Chang Tso-chi y Ciro Guerra.

Un día que deploraba la cartelera cinematográfica quiteña, mi amiga Karocha, quien vive en México, me dijo que ya no está permitido quejarse, “te bajas la película, le pegas los subtítulos y listo”. Efectivamente, corren tiempos distintos para el deseo cinéfilo que no distingue entre el consumo legal y pirata. Nunca, como hoy, hubo tanto acceso a películas de distinta procedencia, carácter y estilo. Primero fue el mercado informal de VCD y DVD, que puso al alcance de todos videotecas que antes estaban en custodia de cinematecas, archiveros y especialistas.  Luego vinieron las plataformas para compartir películas vía internet, como E-Mule o Pirate Bay; ahora es el turno de las plataformas de video bajo demanda estilo Netflix, Mubi o Filmin. Ciertamente la industria cinematográfica a nivel global está más concentrada y homogenizada; sin embargo, soplan nuevos aires para una cinefilia renovada.

Según algunos autores, la cinefilia es un fenómeno del pasado, asociado al canon euro-americano, la pantalla gigante y la discusión colectiva. Mi opinión es que las actuales condiciones de circulación y consumo audiovisual están generando caminos para una nueva cinefilia, si entendemos a esta como la actitud apasionada de conocimiento y amor al cine. ¿En que consiste esta nueva actitud?

La definiría con cuatro palabras: individualidad, descentramiento, fragmentación, eclecticismo. En primer lugar, a diferencia de la época de los cineclub, en la actualidad el cinéfilo no apuesta a un canon colectivo, sus gustos y preferencias son tan individuales como el mismo. En segundo lugar, el canon euro-norteamericano ha desaparecido dejando en su lugar una compleja geografías donde caben las cinematografías nacionales de África, Asia y América Latina. En tercer lugar, la experiencia audiovisual está fragmentada en una multiplicidad de pantallas, llámense estas televisión, ordenador, tablet, celular; atrás quedaron los tiempos de la única y gran pantalla. Finalmente, el cine de autor ha dejado de ser un dogma, para el cinéfilo contemporáneo vale igual un Bollywood, el gore, la serie B, el cine de luchadores, el anime, los seriales televisivos. 

Recuerdo mi época de formación, cuando con un grupo de amigos llegábamos sin aliento a la Cinemateca en procura de los filmes imperdibles que no volverían a pasarse nunca más. Recuerdo el listado de nombres sagrados de los directores incuestionados, todos hombres por su puesto, que uno tenía que ver para poder considerarse culto. Si tendría que elegir, ciertamente, me quedo con la segunda temporada de Orange is the New Black,  eso si vista de un tirón en la comodidad de mi sofá.

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