Tiempo, minimalismo y contemplación

25.3.15 en 11:16 a.m.




Silencio en la tierra de los sueños (2013) de Tito Molina relata la historia de una anciana que, tras la muerte de su esposo, vive en soledad en un pequeño pueblo de la costa ecuatoriana. La vida rutinaria, marcada por la soledad, apenas es perturbada por la presencia de un perro callejero en busca de comida. Y eso es todo, ya que en la película la historia está reducida a su mínima expresión. En ella existen pocos personajes, no hay grandes acciones y casi no hay diálogos. Los dos protagonistas son la anciana y el perro, el relato se concentra en acciones rutinarias que en su mayoría suceden al interior de una modesta casita cerca de la playa, los únicos diálogos que existen son aquellos que la mujer escucha a lo lejos desde su ventana.

Esta reducción de los elementos narrativos es compensada por medio de una serie de procedimientos que hacen de la contemplación sonora y visual el motor de la película. El filme se enmarca en una tendencia del cine contemporáneo denominada como “realismo contemplativo” que busca pasar del gran acontecimiento a la cotidianidad y hacer del cine un objeto de contemplación sensorial.  De ahí que la estrategia narrativa del filme sea la desdramatización, narrar la historia de la anciana en un momento de su vida donde los grandes acontecimientos ya sucedieron. El amor por su marido, el dolor causado por su muerte del mismo son apenas evocados en un presente cotidiano en el cual no hay lugar para el drama o los desenfrenos afectivos. En su lugar solo queda una sosegada contemplación en donde el tiempo es un presente absoluto y está caracterizado  por lo que Gilles Deleuze denominó como “sensaciones ópticas y sonoras puras”.  

En este sentido, el gran mérito de la película es su estética rigurosa. Desde el esmerado plano-secuencia inicial la película nos invita a participar en esta lógica sensorial de la contemplación, tejida a punta de tomas largas, elaborados planos generales y minuciosos planos auditivos. En el desenlace del filme, un bello plano en picado muestra a la mujer a orillas del mar, las huellas de las ollas y el sonido del viento se transforman en un espectáculo. En otro momento, el acto cotidiano cortar la comida y deglutirla en la boca se transforma en un acontecimiento sensual basado en la duración. Solamente, existe un momento en donde este rigor se quiebra, es un exacerbado movimiento de zoom in sobre el lóbulo de la oreja de la anciana, lejano a la contemplación apacible. Por lo demás la película hace gala de una consistencia estética y conceptual pocas veces visto en el cine nacional. De ahí también, que en ella las fronteras entre la ficción y el documental tambaleen, como en la mejor tradición del cine neorrealista.

Adicionalmente, la película le da una vuelta de turca al realismo contemplativo que puede quedar atrapado en la positividad del tiempo presente. En ciertos momentos, el registro cotidiano de las acciones rutinarias al interior de la casa se abre hacía otras dimensiones temporales y espaciales. Quiero mencionar tres de estas líneas de fuga: los músicos que la anciana escucha en las noches desde su ventana, las imágenes de la televisión y las imágenes oníricas del mar.  La algarabía musical de la calle vista a lo lejos desde la venta, el universo massmediático contemplado a través del televisor, así como los espacios abiertos de la playa y el mar con los que sueña la anciana constituyen mundos adyacentes que reafirman por oposición el presente cotidiano anclado a su  humilde vivienda de caña.

En la tradición del neorrealismo italiano, del cine imperfecto cubano o del relato historias mínimas y héroes menores tan frecuente en el cine contemporáneo de toda América Latina, la película dignifica la humildad, la adultez y la soledad. Al verla viene a mi recuerdo filmes como Humberto D (1952) de Vittorio de Sica, Reina y Rey (1994) de Julio García Espinosa o Historias mínimas (2002) de Carlos Sorín. Estas películas tienen por protagonistas a ancianos solitarios que, en las circunstancias más extremas, encuentran su consuelo en sus fieles canes.  Silencio en la tierra de los sueños puede ser leída dentro de esa larga tradición humanista de reivindicación del anciano y el perro. Sin embargo, esta tradición esta modulada por una sofisticación narrativa  propia del cine contemporáneo latinoamericano. Por sus estrategias narrativas, la  película perfectamente dialoga con filmes como La hamaca paraguaya (2006) de Paz Encina o Verse (2010) de Alejandro Pereira.

Llevado al contexto del cine nacional, esta apuesta conceptual y estética tiene aún mayores réditos. A mi modo de ver, su significación solo es comparable a la que en su momento tuvo Ratas, ratones y rateros. Como en su tiempo lo hizo Sebastián Cordero, Tito Molina ahora logra patear el tablero del cine nacional atrapado en relatos de realismo social, violencia e historias juveniles. Silencio en la tierra de los sueños no solo es el primer largometraje contemplativo del cine ecuatoriano, sino que es un gesto que pone en diálogo a nuestra cinematografía con las tendencias actuales del cine contemporáneo. De ahí que pueda ser leída como un parte aguas en el cine nacional. Su apuesta por el minimalismo contemplativo, su rigor estético, su dignificación de la edad adulta sientan sin lugar a dudas un precedente inédito para nuestro cine ecuatoriano.  

Observando la complejidad de la vida







Carlitos (2015) documental dirigido por José Antonio Guayasamin, es una película sencilla y poderosa que logra hacer un retrato honesto de un joven con discapacidad. La historia retrata la vida de una valiente madre y su hijo que, a los 21 años a pesar de sus múltiples talentos, no puede hablar. Con un estilo observacional, el director acompañó durante tres años a los dos personajes en distintos momentos de su cotidianidad, compartiendo con ellos sus angustias, alegrías y triunfos. El resultado es un filme impactante que dignifica a sus sujetos retratados sin caer chantaje emocional o en la narrativa de denuncia. 

Lo que en primera instancia llama la atención del filme es la cercanía y la normalidad con que se retrata a Carlitos. Evitando toda mirada exotizante o paternalista, el filme se instala en la vida cotidiana de Carlitos y su familia, para realizar una crónica de los aspectos ordinarios que conforman la complejidad de la vida. Tareas rutinarias de trabajo, recreo y educación, así como los momentos de fiesta y celebración son puestas en escena sin efectos dramáticos ni sensacionalismo. El filme parece decirnos que las personas con discapacidad son tan normales como el propio espectador. De ahí que la estrategia narrativa de la película sea volver cotidiano aquello que ha sido construido como la excepción, lo extraditarlo o lo patológico. Solamente desde esta cotidianización de la mirada, quizá es posible devolver la dignidad perdida que les ha sido arrebatada a las personas con discapacidad por el prejuicio o la condescendencia. 

 Para lograr esta mirada, el documental se basa en un estilo contemplativo que alterna planos fijos con mucha cámara al hombro. Con estilo contemplativo nos referimos a un tipo de lenguaje en el cual el director interviene lo menos posible y deja que sus personajes actúen libremente sin dirigirse hacia ellos o interrogarles frente a cámara. Esta elección privilegia el valor de las acciones por sobre la voz del director o los personajes, generando un acceso a la vida cotidiana de los personajes por sobre las interpretaciones del director. Por esta razón, me siento tentado de decir que la película logra una contemplación sin juzgamiento. O mejor dicho, el juicio del director se restringe estrictamente a la puesta en escena y la estética de la película. Es este recurso el que nos permite entender la complejidad de la vida que se escribe en la imprevisibilidad de lo real. 

 Un tercer elemento que en llama la atención es la relación madre e hijo. En una audaz estrategia narrativa, la película reconstruye paralelamente a la vida de Carlitos, la lucha de su madre por criarlo y sacarlo adelante. Paulatinamente se va perfilando la figura de la madre soltera, la mujer luchadora, que a pesar de las duras condiciones económicas se ha hecho cargo de su padre y dos hijos. “Carlitos” es la forma cariñosa con que la madre se refiere al hijo. La película es el relato del coraje y el afecto con que la madre hace viable la vida de su vástago. Carlitos es un documental sencillo y honesto que nos lleva a reflexionar sobre la complejidad de la vida, la entrega, los afectos más allá de los estereotipos y las narrativas establecidas.

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