Parricidio inconcluso

17.4.13 en 12:36 a.m.
 
 

Mejor no halar de ciertas cosas de Javier Andrade
 
 
Mejor no hablar de ciertas cosas, reciente estreno del cine nacional dirigido por Javier Andrade, me lleva a pensar en la figura del parricidio inconcluso. Me refiero a  una paradójica situación que plantea negociar con la tradición para poder afirmar nuevos valores.
 
El filme relata la historia de una familia disfuncional de clase media alta que se ve envuelta en una historia de desintegración y muerte. En este contexto se reconstruye la vida de dos hermanos, sumidos en el consumo de drogas y en franco desafío a los valores tradicionales representados por su padre. La crisis familiar sienta el ambiente adecuado para el aparecimiento de nuevos estilos de vida y la apuesta por decisiones personales que rompen con el ambiente burgués en la que crecieron ambos hermanos. Mientras el uno integra una banda de punk, el otro abandona su empleo en un banco para reconquistar al amor de su vida,  una bella mujer que está casada con otro por conveniencia. Este distanciamiento de los valores y roles sociales establecidos perfila el espíritu crítico del filme.
 
Es por esta razón que me llama mucho la atención la resolución del relato. Transcurrido una buena parte del metraje, la película va mostrando la imposibilidad de la ruptura, al retratar el relevo generacional y la aventura individual como un callejón sin salida circunscrito en los márgenes del poder y el establishment. Con crueldad, el director maneja el destino de los personajes planteando una especie de castigo narrativo y moral para su rebeldía. En sintonía con los códigos de la tragedia, la película parece conceder una fuerza omnipotente a la tradición, la autoridad y el poder, al mismo tiempo que subestima las fuerzas transformadoras, la individualidad y el desafío representado en las nuevas generaciones. A pesar de su ánimo crítico, Mejor no hablar de ciertas cosas termina afirmando lo que busca cuestionar.
 
La película misma parecería recurrir a esta negociación con la tradición, al presentar nuevas temáticas y sensibilidades sin salir totalmente del realismo social que ha predominada en el cine nacional. A través de un lenguaje hecho a punta de planos secuencia y abiertos, la película presenta las subculturas urbanas del punk y las drogas, la ruptura generacional, las  trizaduras subjetivas de la clase alta en una pequeña ciudad de la Costa. Ciertamente estos abordajes visibilizan temáticas y sensibilidades poco frecuentes en el cine nacional. Sin embargo, estos nuevos temas son vistos en el contexto de un relato que naturaliza las diferencias sociales. La película combina el bildungsroman o relato de formación -de fuertes implicaciones subjetivas- con la narración de tipos sociales marcada por la exterioridad. Por un lado, tenemos un protagonista que crece, cambia y narra su historia en primera persona; por el otro,  una galería personajes de bajos fondos y de las elites provincianas basados en estereotipos sociales.
 
En esta singular amalgama, encuentro la pervivencia viejos y nuevos discursos en el cine nacional, una especie de parricidio inconcluso, tal y como sucede en la trama del filme. Esto me lleva  pensar que, quizá en Ecuador, el asesinato simbólico del padre es un acto imposible, toda transformación está destinada a pasar por una lenta negociación con los valores heredados.

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