El futuro del cine y el audiovisual ecuatoriano

17.4.13 en 12:50 a.m.
 
 
 
 
 
 
Lo que suceda en los próximos meses decidirá del futuro de la industria del cine y el audiovisual. La reelección del actual gobierno, se apuntalan dos procesos fundamentales para el rediseño del campo del audiovisual: la reforma del Estado que se encuentra en manos del Ejecutivo y los proyectos de Ley de Comunicación y Cultura que están en la mira de la Asamblea, recientemente elegida.
 
 
Por el contexto de cambio social y la coyuntura política actual, existen grandes expectativas e incertidumbres desde las instituciones, asociaciones y gremios del cine, en donde se siente que la revolución impulsada por el gobierno ha tardado en llegar. Desde el discurso de gobierno, parecería que el camino para el revolución cultural y el impulso industrias audiovisuales está allanado. Sin embargo, aún no parece haber consenso sobre la orientación que podría tomar el mismo. Al menos esa es la impresión que deja el “Encuentro Nacional de Realidad y Futuro del Cine Ecuatoriano” realizado el jueves 28 de febrero y viernes 1 de marzo por el Consejo Nacional de Cinematografía (CNCINE).
 
En el encuentro, se dieron cita especialistas internacionales, autoridades de gobierno y profesionales de cine para discutir los nuevos marcos legales e institucionales que regirán al audiovisual. El plato fuerte del evento fue, sin lugar a dudas, la presencia de Erika Sylva -Ministra de Cultura- y María Belén Moncayo -Ministra Coordinadora de Patrimonio-, quienes dialogaron y polemizaron abiertamente con los trabajadores del sector.
 
Haciendo un resumen muy apretado, podría decirse que las posiciones en debate fueron dos. Por un lado, los profesionales del cine reclamaron un marco legal e institucional específico que regule la formación, la producción, la distribución y la exhibición y el consumo audiovisual, ampliando la intervención estatal que propone Ley de cine vigente. Por su parte, el ejecutivo planteaba la necesidad de inscribir las transformaciones en materia de cine y audiovisual dentro de los parámetros de la reforma democrática del Estado, así como los procesos legislativos ya en marcha.
 
Con el transcurso del debate, empezaron a surgir puntos de alianza. Profesionales y gobierno coincidían en la necesidad de llevar a cabo una revolución en la producción y el mercado audiovisual, transnacionalizado y monopolizado por la industria norteamericana, Hollywood a la cabeza. El gran dilema y fuente de conflicto es como hacerlo.
 
El fortalecimiento de nuestras industrias audiovisuales es fundamental para la garantizar la construcción de identidad y diversidad, para estimular la creatividad, para la producción, difusión, distribución y disfrute de bienes y servicios culturales. Ojala esta premisa, que parece estar fuera de duda, en la era de la comunicación y la imagen, permita lograr los acuerdos necesarios. El futuro del cine y el audiovisual en nuestro país así lo exigen.

Parricidio inconcluso

 
 

Mejor no halar de ciertas cosas de Javier Andrade
 
 
Mejor no hablar de ciertas cosas, reciente estreno del cine nacional dirigido por Javier Andrade, me lleva a pensar en la figura del parricidio inconcluso. Me refiero a  una paradójica situación que plantea negociar con la tradición para poder afirmar nuevos valores.
 
El filme relata la historia de una familia disfuncional de clase media alta que se ve envuelta en una historia de desintegración y muerte. En este contexto se reconstruye la vida de dos hermanos, sumidos en el consumo de drogas y en franco desafío a los valores tradicionales representados por su padre. La crisis familiar sienta el ambiente adecuado para el aparecimiento de nuevos estilos de vida y la apuesta por decisiones personales que rompen con el ambiente burgués en la que crecieron ambos hermanos. Mientras el uno integra una banda de punk, el otro abandona su empleo en un banco para reconquistar al amor de su vida,  una bella mujer que está casada con otro por conveniencia. Este distanciamiento de los valores y roles sociales establecidos perfila el espíritu crítico del filme.
 
Es por esta razón que me llama mucho la atención la resolución del relato. Transcurrido una buena parte del metraje, la película va mostrando la imposibilidad de la ruptura, al retratar el relevo generacional y la aventura individual como un callejón sin salida circunscrito en los márgenes del poder y el establishment. Con crueldad, el director maneja el destino de los personajes planteando una especie de castigo narrativo y moral para su rebeldía. En sintonía con los códigos de la tragedia, la película parece conceder una fuerza omnipotente a la tradición, la autoridad y el poder, al mismo tiempo que subestima las fuerzas transformadoras, la individualidad y el desafío representado en las nuevas generaciones. A pesar de su ánimo crítico, Mejor no hablar de ciertas cosas termina afirmando lo que busca cuestionar.
 
La película misma parecería recurrir a esta negociación con la tradición, al presentar nuevas temáticas y sensibilidades sin salir totalmente del realismo social que ha predominada en el cine nacional. A través de un lenguaje hecho a punta de planos secuencia y abiertos, la película presenta las subculturas urbanas del punk y las drogas, la ruptura generacional, las  trizaduras subjetivas de la clase alta en una pequeña ciudad de la Costa. Ciertamente estos abordajes visibilizan temáticas y sensibilidades poco frecuentes en el cine nacional. Sin embargo, estos nuevos temas son vistos en el contexto de un relato que naturaliza las diferencias sociales. La película combina el bildungsroman o relato de formación -de fuertes implicaciones subjetivas- con la narración de tipos sociales marcada por la exterioridad. Por un lado, tenemos un protagonista que crece, cambia y narra su historia en primera persona; por el otro,  una galería personajes de bajos fondos y de las elites provincianas basados en estereotipos sociales.
 
En esta singular amalgama, encuentro la pervivencia viejos y nuevos discursos en el cine nacional, una especie de parricidio inconcluso, tal y como sucede en la trama del filme. Esto me lleva  pensar que, quizá en Ecuador, el asesinato simbólico del padre es un acto imposible, toda transformación está destinada a pasar por una lenta negociación con los valores heredados.

Cine ecuatoriano 2012

 
 
Sin otroño, sin primavera de Iván Mora
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Mientras escribo estas páginas, llega a mi puerta un gran paquete que me ayuda a evaluar la situación del cine nacional durante el año pasado. Se trata del Diccionario de Cine Iberoamericano para el cual trabaje entre 2004 y 2006 como coordinador para el Ecuador. Recibo esta imponente obra, con mucha expectativa. Abro el paquete con gran excitación, buscó el tomo tres, la letra “e”, encuentro la palabra“Ecuador”, donde está consta el texto que escribí sobre la historia y los alcances del arte y la industria cinematográfica en el país.

En este pequeño ensayo caracterizo al cine ecuatoriano como una actividad realizada a lo largo del siglo XX de forma intermitente debida a la iniciativa individual, caracterizada por sistemas de producción de baja especialización con una fuerte presencia de temáticas sobre la realidad nacional. Al leer esta radiografía del nuestra cinematografía realizada en el 2006, puedo dimensionar efectivamente el gran cambio que sufrido el quehacer cinematográfico en los últimos años. De una historia en la cual era usual que durante repetidos y largos años no existiera producción cinematográfica hemos pasado una situación en la cual cada año tenemos al menos tres estrenos que cuentan con respaldo del público. De campo poco especializado, estamos transitando a un contexto donde existe una profesionalización creciente, estimulada por el retorno de gente formada en el exterior, las escuelas y carreras de cine nacionales, así como por el incremento del circuito de producción, exhibición y consumo audiovisual. Finalmente, de una total ausencia de políticas públicas en relación al audiovisual estamos pasando a un contexto fomentado, regulado y protegido por el Estado a través de organismos como el Consejo Nacional de Cine y el Dirección Cine y Audiovisual del Ministerio de Cultura. Si bien estos cambios se han ido dando paulatinamente en los últimos seis años, es en el 2012 cuando finalmente se precipitan dos tendencias en el cine nacional. Por un lado, se advierte un cambio sustancial en las temáticas predominantes y por el otro, se hace visible una mayor presencia internacional de nuestra cinematografía.

 

La llamada de David Nieto

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El año pasado estuvo marcado por el estreno comercial de tres largometrajes nacionales: Pescador de Sebastián Cordero, La Llamada de David Nieto y Sin otoño, sin primavera de Iván Mora. Adicionalmente, podemos identificar un conjunto de filmes que tuvieron un lanzamiento alternativo en salas de cinearte como Vale todo de Roberto Estrella, Santa Elena en bus de Gabriel Páez, Santuario de penas de Ernesto Cobos y el documental La bisabuela tiene alzheimer de Iván Mora. Mejor no hablar de ciertas cosas de Javier Andrade que tuvo previsto su estreno para diciembre pero terminó estrenándose a inicios de este año.

Finalmente, es necesario mencionar un conjunto de cortometrajes de ficción presentados en festivales y circuitos alternativos de difusión, como: En espera de Gabriela Calvache, Gretelde María Fernanda Carpio, Cuando estalle el mañana de Pablo Arturo Suarez, Dios mediante de Anabel Llerena, Sagrada familiade Daniel Romero, Solo de Nicole Herrera, Decisión de Johny Montes, Cine Hollywood de Diego Valenzuela, Autosentencia de John Jaramillo, Distopía de Sebastián Mosquera, Po Poc de Daniel Jácome, Guagua de pan de Camilo Coba, Cables de Luis Enríquez. De la misma manera podemos resaltar destacados documentales estrenados en el mismo contexto: Daniel/Sarahí de Juan P. Viteri y Juan Zabala, Los descendientes del jaguarde Eriberto Gualinga y Océano sólidode Tomás Astudillo, entre otros.

Al mirar de forma panorámica los estrenos del 2012, se puede advertir un desplazamiento de las temáticas y narrativas predominantes en el cine ecuatoriano. Tanto a nivel del largo como del cortometraje se percibe una saludable pluralización de relatos y estéticas. En algunas ocasiones he sostenido que una constante en la historia del cine ecuatoriano ha sido el predominio del realismo social y las indagaciones sobre la identidad nacional. El año pasado esta tendencia finalmente tuvo un importante giro. Si bien Pescadorratifica la predilección de Sebastián Cordero por relatos de marginalidad y delincuencia en tomo de realismo sucio; filmes como La llamada y Sin otoño, sin primavera (también Mejor no hablar de ciertas cosas) se sumergen en las trizaduras subjetivas de la clase media y sus dilemas en torno a la adaptación social. Dicho sea de paso, temáticas marginales en el nuestro cine salvo honrosas excepciones como Esas no son penas. Esta pluralización temática me parece uno de los mejores augurios del año pasado, ya que nos permite una reformulación de los imaginarios sobre el cine ecuatoriano. Si hasta aquí el cine ecuatoriano había permanecido atrapado entre el realismo social y la teatralidad del costumbrismo, las tres películas mencionadas nos permiten pensarlo en otra dirección.

Evidentemente el cambio de dirección no es fácil, ya que durante la última década, el cine nacional fue creando una imagen de sí mismo y habituando a sus espectadores ella. Lo cual torna difícil un cambio de paradigma. Según cifras del Consejo Nacional de Cinematografía, en el 2012 el cine ecuatoriano alcanzó un total de 200 mil espectadores, de los cuales 105 mil fueron para Pescador. Si bien esta cifra resulta importante, es inferior a la del 2011. Durante este año A tus Espaldas, El nombre de la hija y Con mi corazón en Yambo lograron una cifra de 365 mil espectadores. Aquí me parece que caben dos comentarios. Por un lado, efectivamente el público tarda en acostumbrase a algo que se le presenta como inhabitual; por el otro, las nuevas estéticas y relatos parecen estar en estado de maduración. A que me refiero, Sin otoño, sin primavera es una película mucho más innovadora en sus temas y su estética que Pescador. No obstante el cuarto filme de Sebatián Cordero está mucho mejor resuelto. Cosa parecida se podría decir de La llamada que apuesta a un relato mínimo y cotidiano, totalmente inexplorado en el cine ecuatoriano. A mi modo de ver, es necesario la creación un cine permanente renovado que vaya exigiendo cada vez más a sus espectadores. Este es uno de los caminos para que a futuro tengamos propuestas innovadoras tengan respaldo de público. Con mi corazón en Yambo, una de las mejores películas del cine ecuatoriano, ha demostrado que esto es posible. Queda aún por ver la cantidad de espectadores que logrará Mejor no hablar de ciertas cosas, una película que en cierto sentido está más cerca las temáticas habituales del realismo social.

De otra parte, otra novedad fue una presencia inédita del cine ecuatoriano en la escena internacional. Durante el 2012, nuestra cinematografía alcanzó la honrosa cifra de 30 premios internacionales y estuvo presente en los más importante festivales, encuentros y mercados de la región y el mundo. Esta importante presencia internacional, impulsada por el Consejo Nacional de Cinematografía, que ya venía dándose desde años pasados empezó a dar sus frutos en el 2012. De ahí que, con algo paternalismo, medios como la BBC, Variety, entre otros, hayan puesto su atención en la emergencia de la cinematografía ecuatoriana. Creo que hay razones para celebrar los logros del cine nacional, sin embargo me parece que nos hace falta un cable a tierra y algo de espíritu crítico. Es evidente que a pesar de sus éxitos, nuestro cine está aún lejos de lejos de ser una industria cultural sustentable o un ambiente que sistemáticamente crea condiciones para la creación artística. A pesar de los esfuerzos del Estado, aun las industrias creativas siguen siendo marginales. En el caso particular del cine, la acción se ha concentrado en fomento a la producción quedando aun por regularse la distribución, la exhibición el fomento a la cultura cinematográfica. En estas condiciones, hay avances sustanciales, el incremento de profesionalidad y la elevación del estándar de la calidad técnica son quizá las mayores fortalezas. Fueron estos logros los que permitieron la internacionalización del filme ecuatoriano como se vio claramente durante el año pasado. Personalmente, he visto unas seis películas seguidas en donde la fotografía y el sonido han dejado de ser una limitación. A mi modo de ver, nuestros grandes problemas ahora son el guión y la actuación.


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Finalmente para cerrar este recuento del 2012, me gustaría comentar brevemente los tres largometrajes que tuvieron su estreno comercial. Empecemos por Pescador, filme que retoma algunas de los leit motivs del cine de Sebastián Cordero. Como en anteriores filmes del director, la seducción del mal, la perdida de la inocencia y la figura de la caída construyen una dramaturgia a medio camino entre el relato negro y la preocupación social. En la historia, Blanquito, un joven ingenuo y provinciano por azar termina involucrado en un negocio de narcotráfico. Como Ángel en Ratas ratones y rateros, o José María en Rabia, el personaje central se involucra sin querer en un espiral de crimen y violencia que termina transformándolo. Uno de los hallazgos del filme es una nocturnidad propia de las ciudades de la Costa que constituye una especie de correlato para la degradación de sus personajes. Destaco del cine de Sebastián Cordero una serie de obsesiones narrativas y visuales que delatan una presencia autoral. Admitiendo que este es un mérito escaso y totalmente estimable en el contexto nacional, sin embargo me he ido desencantando poco a poco de Sebastián. Desde mi punto de vista, Ratas, ratones y rateros marco un debut deslumbrante que puso a nuestra cinematografía en la punta del cine latinoamericano. Posterior a esto ha mucha agua por el puente, y mis demandas y valoración han cambiado. En la actualidad, miro a Sebastián como un director bastante consistente pero demasiado tradicional y en poca sintonía las estéticas más actuales del cine latinoamericano. De ahí que sienta a Pescador, como una película dramáticamente lograda pero montada sobre una serie de procedimientos narrativos estandarizados que coquean sobre con el estereotipo. Que la vamos hacer, lo siento Sebastián.

Siguiendo el orden de estreno, luego estuvo La llamada. En principio este filme tiene algunos ingredientes que en la actualidad valoro mucho y que están a tono con una serie de tendencias del cine latinoamericano actual; me refiero al minimalismo narrativo, situaciones ordinarias, personajes cotidianos. La historia trabaja con los conflictos afectivos y de incomunicación familiar de una publicista en unas pocas horas de su día. Por los datos que hasta aquí menciono, parecería que estamos ante la clásica película de realismo contemplativo y de historias mínimas, pero la narración de los hechos presenta más bien de factura clásica. Al no tener la estructura de iceberg o de acertijo del filme minimalista, pero tampoco la estructura dramática fuerte del filme clásico, La llamada entra en una zona de irresolución en donde lo que vemos es lo que hay, sin ningún tipo de peso, revelación o sorpresa. Me complace que el cine ecuatoriano busque nuevas temáticas, se desprenda de los estereotipos, y explore nuevas narrativas; sin embargo, La llamada estas búsquedas aun no encuentran feliz destino.

 
Por último, Sin otoño, sin primavera, es la película que más me entusiasmo en el 2012. Confieso que al verla me sobrecogió una emoción muy parecida a aquella cuando vi por primera vez Ratas, ratones y rateros. No creo que sea una película perfecta, sin embargo está llena de frescura y ambición. Para empezar me parece que es un filme de mucho riesgo narrativo y visual: trabaja con muchos personajes simultáneamente de forma no lineal con planos inusuales y movimientos de cámara audaces. ¿Qué tan bien librada sale la película de este tour de forcé? Es algo para discutir, siempre y cuando empecemos admitiendo la ambición de la propuesta. Destaco la escena de sexo entre Antonia y Martín, a mi modo de ver el mejor polvo de toda la historia del cine nacional. Hay que admitir que el sexo en el cine ecuatoriano ha sido mojigato o tortuoso, en Sin Otoño, sin primavera es verosímil y gozoso, por primera vez. Por otro lado, me gustaron mucho los personajes femeninos: mujeres decididas y fuertes, que toman las riendas de la historia. Solo basta comparar la pasividad y el moralismo con que se mira a las mujeres en Pescador para entender que estamos en presencia de otro mundo narrativo, una mirada más cercana a las transformaciones de nuestro tiempo. Con todos sus problemas (el exceso en diálogos, el desequilibrio de pesos entre las distintas historia y una cierta ingenuidad ideológica), la cinta muestra una nueva sensibilidad dentro del cine ecuatoriano que habré caminos inusitados para nuestra cinematografía emergente. 

 


Pescador de Sebastán Cordero

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