Ratas, ratones y rateros

31.1.12 en 2:09 a.m.




La opera prima de Sebastián Cordero es un película de referencia en varios sentidos. En primer lugar, es una de las películas emblemáticas del realismo sucio latinoamericano que tuvo su auge en los años noventa con relatos de marginalidad y violencia urbana. En segundo lugar, es una película hito que marca una ruptura con el cine de los años ochenta y el surgimiento de un cine contemporáneo en Ecuador. El propuso un nuevo modelo estético y de producción que se constituyó en un paradigma para toda una generación de cineastas emergentes.


Inspirado en Los olvidados de Buñuel, Sebastián Cordero realizó un relato con una alta dosis de acción que tiene el acierto de tratar la violencia callejera sin moralismo ni moraleja redentora. El filme hace de la delincuencia el pívot para la tragedia del individuo, al mismo tiempo que propone un testimonio visual urbano alejado del costumbrismo nacionalista.


Ratas, ratones y rateros relata la vida de dos sujetos que paulatinamente extravían su proyecto de vida, se desentienden de objetivos trazados por la sociedad y terminan atrapados en una espiral de violencia que los conduce a un callejón sin salida. La historia inicia cuando Salvador se reencuentra con su primo Ángel, un exconvicto que es perseguido por matar de un hombre. Salvador se transforma en asesino para salvar a Ángel y se involucra en una aventura delictiva que finalmente lo llevará a distanciarse de su admirado primo.


Con una con una cámara frenética inspirada en el cine directo y un montaje crepitante y musical, la película juega con grandes oposiciones temáticas. Permanentemente contrapone extroversión versus introversión, la calle versus la familia.


Ángel, es un hombre acción, extrovertido y sin escrúpulos. Una permanente explosión de parlamentos, acciones y maniobras lo caracteriza. Salvador en cambio es un muchacho tímido, algo ingenuo aquejado por la epilepsia. El silencia y el recogimiento lo definen. Frente al flujo sistólico que caracteriza a Salvador, un movimiento diastólico es la respuesta de Ángel. Toda la energía que dilapida Ángel, Salvador la recoge la absorbe y sufre.


Ratas, ratones y rateros recupera la tradición del cine callejero y de pandillas. La confrontación entre el espacio de la calle y el espacio familiar viene de esta tradición. Al iniciarse en el mundo del crimen callejero, Salvador ve desaparecer a toda su familia. De manera que el filme es narrar por un lado un momento de hundimiento de esa célula base de la sociedad que es la familia y, por otro, la emergencia del espacio callejero caracterizado por el anonimato y la violencia.


Ángel, por su parte, es la imagen viva del desarraigo, es un delincuente que ha extraviado todo vínculo de pertenencia. Su terrible orfandad se resuelve en la perdida de todas las personas en las que puede confiar. Con mucha ironía usa el termino “familia” para referirse a Salvador. En el momento de mayor intensidad del filme recuerda a Salvador que los dos tienen la misma sangre. La añoranza de Ángel tiene de la familia está sintetizada en la cercanía que mantiene con su abuela.


La película participo en los festivales de Cannes, Venecia, Slamdance, La Habana, Cartagena, entre otros Destaca la interpretación del Carlos Valencia galardonada en el Festival de Huelva.




Año: 1999. Dirección: Sebastián Cordero. Intérpretes: Carlos Valencia, Marco Bustos, Cristina Dávila, Fabricio Lalama, Irina López, Simón Brauer, Lupe Machado, Liliana Ruiz, Alfredo Martínez, Fernando Rodríguez, Antonio Ordoñez, María Belén Moncayo, Diego Naranjo, José Antonio Negret, Javier Andrade, Elena Torres y Augusto Sacoto. Guión: Sebastián Cordero. Edición: Sebastián Cordero y Mateo Herrera. Producción: Lisandra Rivera. Música: Sergio Sacoto-Arias. Fotografía: Matthew Jensen. Duración: 107 min.

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