Béla Tarr: melancolia y condena

25.4.10 en 12:03 a.m.
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La condena, 1988


Béla Tarr es quizá el último formalista del cine contemporáneo. Como Ozu, Dreyer, Jancsó o Tarkovsky, el director húngaro hizo del cine un sistema que funciona con principios implacables que operan de espaldas a los conflictos, los sentimientos y los afectos de los personajes. Su magnifica obra, ocho largos de ficción y un documental, es la realización de un conjunto de postulados sobre la puesta en escena, el movimiento de la cámara, la duración del plano, el uso de la luz. Unos pocos principios estéticos seguidos con una rigurosidad extrema construyen un mundo apocalíptico y melancólico donde todo parece tener su correspondencia.

¿Cuáles son, pues, estos principios que arman el cosmos melancólico de Béla Tarr? En primer lugar, la fotografía en blanco y negro. A lo largo de su filmografía, el cineasta húngaro exploró con maestría las distintas posibilidades de la fotografía en blanco y negro. En un ejercicio de abstracción de la realidad, ha trabajado múltiples variantes lumínicas que van desde los altos contrastes (El hombre de Londres, 2007) hasta una riquísima escala de grises (Armonía de Werckmeister, 2000). En sus filmes es frecuente encontrar espacios y figuras a contraluz, hasta impresionantes paisajes que se despliegan entre la bruma de una imponente profundidad de campo. Gracias a una delicada sensibilidad fotográfica, el vaho del aliento, la refracción de la luz sobre vasos de cristal, el reflejo charco de un vetusto edificio adquiere una dimensión metafísica.

En segundo lugar, la materia y el espacio. Las películas de Tarr apelan a reducción de la distancia entre el cine y la vida; a pesar de su elaborada composición, tratan de brindarle al espectador una experiencia sensible cercana a la que tenemos en la cotidianidad. El espacio se transforma en una entidad material hecha para ser recorrida antes que significada. De ahí que el director reniegue de los contenidos alegóricos o simbólicos y afirme: que “las películas son siempre algo concreto, sólo pueden registrar cosas reales”. Para el director húngaro, el cine es una puesta en escena material y localizada donde el tiempo se expresa como recorrido del espacio. Por esta razón, una de las mayores dificultades que encuentra el cineasta es la de encontrar las locaciones adecuadas para recorrerlas con la cámara. “Las localizaciones poseen un rostro. Son igual que un actor” sostiene el cineasta.

En tercer lugar, el plano-secuenencia. Para Béla Tarr el cine es contemplación, recorrido, duración. De ahí que el cineasta este considerado como uno de los grandes maestros del plano-secuencia. Su filmografía explora el metraje de larga duración, culminando en una obra magna como Sátántangó (1994), película de más de siete horas de duración. Lentos movimientos de la cámara y los actores se ajustan en complejas coreografía que describen el espacio e introducen a cuanta gotas la acción. Los hechos y la información son presentados de forma indirecta y lateral como una especie de suplemento a los soberbios recorridos de la cámara. El plano, prescinde del montaje, o mejor dicho, tiene su propio montaje interno. Se desarrolla, evoluciona, trasmuta conectando regiones interiores con exteriores, espacios lejanos con cercanos, el lateral derecho con el izquierdo.

Sin embargo, a pesar del rigor estético, o quizá por el mismo, algo de lo irrepetible del tiempo queda gravado en la imagen. En el lenguaje inflexible de Tarr convoca la infinita flexibilidad, desconcierto y apertura de la vida. De ahí que su cine sea un cine de la revelación, pero de la revelación siniestra. El lento recorrido de las imágenes, no descubre una realidad trascendente, si no al contrario un profundo horror por la condición humana. De ahí que Antonio Weinrichter encuentre la filiación del cineasta en aquellos escritores de la condena como Dostoievski a Kafka. Toda su filmografía está tenida de una profunda melancolía sin origen ni fin. Janos (el joven idiota de Armonías de Werckmeister), Karrer (el amante desconsolado de La condena), Maloin (el padre humillado de El hombre de Londres) son una especie de arquetipos de hombre culpable y condenado por el solo hecho de ser humano. Son seres que después de la muerte de Dios, contemplan horrorizados el sinsentido y dicen para sí mismo “no encontramos la causa de nuestro odio y desesperación”.
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El hombre de Londres, 2007

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1 Responses to Béla Tarr: melancolia y condena

  1. ONIRICOSIS Says:

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