El cine y sus fantasmas

26.3.09 en 10:32 p.m.
D’ailleurs Derrida (1999) de Safaa Fathy

Jacques Derrida fue un hombre excepcional. Fue uno de los filósofos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Militó en contra del colonialismo, el apartheid, la xenofobia. Publicó alrededor de ochenta libros, escribió sobre filosofía, literatura, artes, arquitectura, política. Fue candidato por varias ocasiones al Premio Novel de Literatura. En los últimos años le prestó atención a las nuevas tecnología, al cine y a la televisión. A tal punto que fue protagonista de dos filmes: Ghost Dance (1983) de Ken McMullen y D’ailleurs Derrida (1999) de Safaa Fathy.

Pensador radical reivindicó las experiencias libre de todo cálculo y medida. De ahí su filiación a toda la tradición francesa antiilunimista que recoge nombres como los de Mallarme, Artaud, Bataille, Blanchot, Levinas. Su trabajo intelectual está asociado a una escritura plural y heterogénea que buscó poner en cuestión las categorías a través de las cuales el mundo occidental ha organizado su pensamiento. Por esta razón, el nombre de Derrida está asociado con la “deconstrucción”, una singular forma de lectura que busca desestructurar las oposiciones y jerarquías a partir de las cuales se construyen los discursos. La estrategia deconstructiva permitió leer los impasses, los silencios y las facturas en el interior de discursos sociales, políticos y artísticos.

A la edad de diez años, cuando soñaba con ser futbolista, descubrió el cine en las viejas salas de la ciudad El-Bair, en su Argelia natal. Para un muchacho que nunca había cruzado el Mediterráneo, la sala oscura se convirtió en un refugió ideal y placentero. Durante afiebradas sesiones en las cuales importaban poco las películas, las historias o los actores, el joven encontró la emancipación y distanciamiento de su familia, mientras soñaba con un mundo desconocido.

A los 19 años cuando finalmente llego a Paris, su fascinación hipnótica por el cine no había menguado. Mucho más tarde esta pasión por la sala oscura la transportará por distintas ciudades del mundo donde viajaba por sus actividades académicas. Derrida reconoció que nunca fue un cinéfilo, de hecho le fascinaba ir al cine aun cuando olvidaba con facilidad lo que había visto. “En la oscuridad, gozo de una liberación inigualable, un desafío a las prohibiciones de todo tipo” confesó en una entrevista realizada por Antoine de Baecque y Thierry Jousse para Cahiers du cinéma en 2001. Para Derrida, el cine fue pura fascinación sin relación con el saber, la menoría, ni el trabajo. “La evasión inculta”, “el derecho al salvajismo” ha dicho el filósofo.

Sin embargo, la experiencia cinematográfica es irremplazable. En la sala oscura sucede un acontecimiento singular. A diferencia del teatro y la televisión, el espectador queda liberado a su soledad “dejando aparecer y hablar a todos sus espectros” dira Derrida. En muchos de sus textos, el pensador habló del espectro o del fantasma como aquel que no esta vivo ni muerto. Más tarde, hablará de la imagen cinematográfica como una estructura fantasmática que está suspendida entre la presencia y la ausencia, la vida y la muerte, entre la alucinación y la percepción. A ella se suman los fantasmas proyectados por el espectador, haciendo del cine injerto de fantasmas. Cuando uno entra en la sala y se apagan las luces se enfrenta a imágenes y sombras que por un proceso inconsciente creemos son realidad (el significante cinematográfico es imaginario dijo Christian Metz, fantasmático acotó Derrida). Al creerlas reales nuestro inconsciente despliega un trabajo de proyección e identificación. Proyectamos, entonces, nuestros propios fantasmas sobre la película que vemos.

Besamos junto con el héroe a la bella protagonista. Fiesta de fantasmas. Nos vamos de viaje al desierto del Sahara, y sin embargo ahí seguimos sentados en nuestra butaca. Mientras el inconsciente trabaja en silencio una visibilidad nocturna y fantasmal. Creo estar en el desierto y a la vez no, duda el espectador. Por está razón como sostiene el filosofo en una escena final de D'ailleur Derrida decimos “nunca creo incluso cuando creo”. Ahí radica la enseñanza más grande del cine.

Jacques Derrida murió el 9 de octubre de 2004 de un cáncer de páncreas. Cuando lo supe, me entristecí un poco. Pocos años antes había empezado a leer su obra sistemáticamente con la finalidad de ponerla en diálogo con el cine. Me lamenté haber conocido tarde a tamaño pensador. En el Ecuador se leyó poco al francés. Su pensamiento críptico y crítico era demasiado inquietante para la intelligentsia bien pensante seducida por bestsellers postmodernos. Como homenaje, un año más tarde hice un seminario en exploraba las relaciones de su filosofía con el cine y el arte. Hoy, sigo pensando que muchas de sus obras son indispensables para entender ese complejo fenómeno llamado cine.

2 comentarios

  1. Melina Says:

    Muy interesantes las publicaciones que lei, te agregue para seguirlas :)
    un besito y suerte! Mel

  2. acabo de ver por tevé Los muertos, de Lisandro Alonso. Buscando + info me encuentro con tu página.
    Es muy interesante. Gracias.

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