¡Abajo la Ilustración!

27.5.08 en 1:12 a.m.
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Marat/Sade (1966) de Peter Brook
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En plena época de consolidación del Free Cinema inglés, Peter Brook realiza su cuarto filme, el más vanguardista y complejo. Luego de dirigir El señor de las moscas (1963), el célebre dramaturgo londinense se embarca en una arriesgada aventura. Decide realizar una versión cinematográfica de la obra Marat/Sade que había montado con éxito con la Royal Shakespeare Company siguiendo el libro del dramaturgo alemán Peter Weiss.

Si bien la obra teatral tuvo gran éxito en Londres y Broadway, Brook sabía que el cine es el cine. Nada estaba asegurado. Planeó, entonces, realizar una obra que explotase el dispositivo teatral y la potencia de los actores de su compañía pero, al mismo tiempo, tuviera un desarrollo cinematográfico consistente y sólido. El resultado fue una película de casi dos horas de duración filmada en una sola locación que revisa quince años de la historia política e intelectual de Francia. Planteada así la cosa, el filme parecería uno de esos aburridísimos registros de obras teatrales. Sin embargo, explota de manera espectacular recursos visuales y sonoros que fácilmente serían la envidia de cualquier filme de terror o musical. Similar a lo que hiciera Altman en Streamers (1983) y Greenaway en El bebé de Macon (1993), Brook propone un espectáculo cinematográfico en donde el cine deviene teatro.

La obra es un relato autoreflexivo que cuenta como un grupo de internos del Manicomio de Charenton, liderados por el Marqués de Sade, realizan una puesta en escena de la muerte de Jean-Paul Marat, acontecida hace 15 años. Embebido en el clima insurgente y contestatario de los años sesenta, el filme plantea una severa crítica sobre la Ilustración, la nación francesa, la iglesia católica y la institución psiquiátrica. A tono con la crítica de Foucault, Klossowski, Lacan y Derrida hicieran al pensamiento ilustrado y a la Revolución Francesa, Brook recupera la figura de Marat y la lee a través de las concepciones sadeanas.

Con un uso exacerbado del desenfoque y un montaje que alterna tiempos muertos con momentos frenéticos, el filme logra construir un mundo teatral y lúgubre cerrado sobre sí mismo. En una sublime mezcla de Grotowski, Meyerhold, Artaud y Brecht, la obra construye un universo desconcertante, matérico y siniestro en donde representación y realidad, razón y locura, vida y muerte se confunden. Con una cromática que tiende a las tonalidades tenues solo alteradas por el rojo y azul del estandarte francés, logra una coreografía prolija entre la cámara y los actores. Las sendas actuaciones de Patrick Magee (Sade), Ian Richardson (Marat) e Glenda Jackson (Charlotte) en los roles principales, permanentemente son interrumpidas por reflexiones metanarrativas que comentan el propio desarrollo de la acción.

El filme trabaja con una serie de niveles narrativos que funcionan como un conjunto de cajas chinas. Estamos ante la típica estructura de la obra dentro de la obra. En un nivel más exterior se encuentra un público expectante, al cual siempre vemos de espaldas enfrentado a la obra que supuestamente escenifican los internos del Manicomio de Charenton. En un segundo nivel y tras las rejas que separan al público de los actores, se encuentra monsieur Coulmier, el director del manicomio, una especie de maestro de ceremonias que presenta la obra, y el Marqués de Sade quien es el director y dramaturgo de la obra. En un tercer nivel, se encuentran los excéntricos internos que actúan como un personaje colectivo que trabaja en el montaje. Uno de ellos es un ayudante de Sade que también hace las veces de comentarista, otros cuatro son una especie de clowns mendigos que actúan como un coro. Finalmente en el nivel de mayor interioridad Jean-Paul Marat en su bañera intentando escribir uno de sus discursos y su ex amante Charlotte Corday, quien lo asesinara con un puñal.

Entre estos múltiples niveles del relato se produce una serie de pugnas y conflictos. El director del hospital interrumpe constantemente el desarrollo dramático con sus censuras, Sade debate acaloradamente con sus personajes, el público termina violado y violentado por los internos convertidos en turba enardecida que apoya a Marat. En uno de los mejores momentos del filme, Sade cuestiona con cinismo las concepciones revolucionarias de Marat. El divino marqués sostiene que la Revolución lo único que hizo fue transformar la violencia candente y apasionada que está en la naturaleza misma del hombre en un ejercicio abstracto, frío y matemático. Punto para el Marqués, punto para Brook.

2 comentarios

  1. Anónimo Says:

    Sin embargo, ¿acaso la Ilustración no le ha otrogado a usted el descriptivismo racional que necesita para ofrecer este comentario? ¿Las mismas cámaras con las que filman, no son un resultado de ese espíritu ilustrado? El problema de la Ilustración no radica en el espíritu que la motiva, ya que Razón en esa época (finales XVIII, principio XIX) no se oponía a Pasión sino a Fe, al menos en términos políticos y cognoscitivos.

    Es más, Romanticismo, Ilustración y Cinismo, encuentran una perfecta armonía en la obra de Sade, con su realista y descarado relato, a la vez que, si bien fue encerrado y perseguido institucionalmente, las mentes modernas pueden leerlo por las aperturas morales y lógicas de aquella época (estimuladas significativamente por la Ilustración).

  2. Anónimo Says:

    Es importante resaltar que en esta pelicula, la puesta en escena se torna entre Brecht y Artaud, es decir entre el distanciamiento y la crueldad

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