Fragmentos para un elogio al musical

23.3.08 en 1:49 a.m.
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Cantando bajo la lluvia (1952) de Stanley Donen y Gene Kelly


1. Parto con una confesión. Me gusta el cine musical. Adoro las escenografías de cartón-piedra, sus colores puros y chillones, las historias edulcoradas, los finales apoteósicos siempre felices, las canciones melódicas entonadas en los momentos de mayor dramatismo, las coreografías estrambóticas ejecutadas en cualquier momento y lugar. Siempre he detestado los arrebatos de sentimentalismo y el optimismo sweet marca Hollywood, sin embargo, el músical es más fuerte que mis repulsiones.

2. En el musical, como en el cine de acción o en el porno, no importa tanto el desarrollo secuencial de la historia como determinadas escenas, momentos y performaces. Esos soplos espectaculares donde escenografía, luces, música y baile seducen, fascinan, reconfortan cuentan más que una historia bien concatenada y sistemática. A la inversa de lo que sucede con el relato clásico, las historias de grandes directores, como Vincente Minnelli y Bob Fosse, surgen a partir de unos pocos sketchs. La trama se supedita a la potencia de la escena.

3. Hay momentos en que la vida ordinaria en que el continuum de la existencia se detiene para abrirse a la idealización. Las ensoñaciones diurnas, los instantes de euforia, los delirios amorosos o la pura irrupción de la carcajada inauguran un tiempo pleno que corta la homogeneidad de tiempo cronológico. La poética del musical se sostiene en la eternización de esos instantes cotidianos en los que el mundo parece pleno y uno mismo tiene la ilusión de que nada le falta. Siempre buscamos un camino amarillo como el de El mago de Oz. Como lo escribió Rodolfo Izaguirre, el musical nos reenvía ese espacio mágico y mítico que se encuentra al final del arco iris.

4. El interprete del musical despierta afecto y admiración quizá por una razón. Es la personificación de un arquetipo mítico que no tiene falta, entropía, ni afectación. Frente a la enajenación y especialización a la que nos somete el mundo moderno, la estrella del musical se presenta como un ser total que brilla, actúa, baila y canta. Todo galán, vedette o estrella musical pone en escena, con su canto y con su baile, la promesa de un yo ideal. Es la personificación de un goce imposible, absoluto e ilimitado. Quizás aquí también radica el lado trágico de estas personalidades, la Monroe y Elvis Presley lo dicen todo.

5. La crítica seria puede apostar por una que otra película y consagrarla bajo el título de obra maestra ―Cantando bajo la lluvia y Melodías de Broadway son los mejores ejemplos―. Pero, en general, se subestima al musical como género cinematográfico. Por motivos estéticos, ideológicos, políticos y fílmicos el musical ha sido poco investigado y muy incomprendido. El género ha sido calificado como “el paraíso del mal gusto” y del kitsch, como una “apología del sueño americano”, ha sido cuestionado por sus concepciones patriarcales, racistas y etnocéntricas, y claro, criticado por su teatralidad y falta de realismo. Todas estas observaciones, absolutamente justas, no deberían impedirnos ver la potencialidad de este discurso.

6. Frente a la tradición hegemónica de Hollywood ―denominada como Modelo de Representación Institucional por Noel Burch―, el cine musical desarrolla un discurso alternativo. Al privilegiar la escena sobre la historia, la escenografía sobre la verosimilidad, la teatralidad sobre el naturalismo, la coreografía sobre la acción, este tipo de discurso genera un potente cuestionamiento del régimen de representación realista. Quizás sin proponérselo, reconstruye la ilusión de continuidad y realidad sobre la que se sostiene el relato clásico. Al poner en evidencia el carácter artificial y construido del texto fílmico abre las puertas para un cuestionamiento de los valores que se afirman como naturales en el cine realista de Hollywood.

7. El carácter antirealista y teatral del cine musical lo conecta con una serie de discursos críticos contemporáneos. No es raro que en la actualidad podamos ver musicales posmodernos, feministas, queers y posoccidentales. Pienso en ese fastuoso y fabuloso pastiche posmoderno que es el Moulin Rouge de Baz Lurhmann. Un poco más atrás, el remake de Los caballeros las prefieren rubias que hace Madona en Material Girl, ícono del deconstruccionismo feminista. Velvet Goldmine de Todd Haynes, manifiesto estético del cine queer. También en Princess Raccoon la exquisita obra de Seijun Suzuki que recientemente deoccidentalizó el musical de una vez y para siempre. Lo que para la crítica tradicional fue pura enajenación y entretenimiento en la actualidad se ha convertido en un discurso político y crítico de primera línea.

1 Responses to Fragmentos para un elogio al musical

  1. Anónimo Says:

    Comparto tanto de lo que dices... Me viene a la cabeza ese delirio a la francesa llamado Los Paraguas de Cherburgo. Un musical absoluto, un festival cromático y melódico al servicio de una historia previsible, sí, pero atemporal.

    Gracias :-)

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