El duelo

31.10.07 en 12:28 a.m.
El problema de El duelo (2005), opera prima de Alex Schlenker, no es la ausencia de guión, casting, dirección de arte y dirección de actores. De hecho, cineastas de vanguardia como Mekas, Akerman, Brakhage, Snow demostraron que el cine podía prescindir de estos elementos. El problema de este filme ecuatoriano es su ambición desmedida. Cuando un filme de escasos recursos se imagina a sí mismo como una superproducción, está en un problema. El duelo lo está y muy grave.

La película, rodada en su mayor parte en blanco y negro y en DV CAM, entrelaza varias historias que tienen como denominador común la figura del duelo caballeresco, en tanto combate masculino y desafío de honor. Un serial killer reta a un psicólogo que tiene que evaluar su salud mental, el asesino y su mejor amigo se enfrentan por una chica que los quiere a ambos, el maestro de esgrima de los dos recuerda que mató en un duelo a su contrincante hace 40 años. La narración avanza a través de una parodia todo tipo de géneros audiovisuales (triller, el melodrama, la película de época, el cine bélico, el videoclip, el noticiero televisivo). Sin embargo, el filme se toma muy en serio a sí mismo. El sentido del humor permanentemente es anulado por la grandilocuencia, elemento disonante para una película de bajísimo presupuesto. A las parodias caricaturescas de la televisión sensacionalista, le siguen el duelo verbal entre el asesino y el psicólogo. Las dos puestas en escena resultan teatrales e inverosímiles. Sin embargo, en el primer caso hay parodia, en el segundo una solemnidad exagerada. Imágenes ridículas y absurdas por la sinceridad de su falta de producción alternan con tomas aéreas de helicópteros que van a la caza del asesino. Todo es demasiado serio para ser experimental. Demasiado pretencioso para ser cine trash.

El documental de ficción

a.

Cadena (2004) de Jem Cohen
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Uno de los filmes polémicos presentados en el último Bafici fue AFR del director danés Morten Hartz Kaplers. La película arranca con las reacciones internacionales ante el asesinato de Anders Fogh Rasmussen, primer ministro de Dinamarca. A través de múltiples testimonios, reconstruye la historia Emil, un joven anarquista, principal sospechoso del crimen y supuesto amante del Primer Ministro. El problema no solo era que se tildara de homosexual al adalid del liberalismo danés, sino que se especulara con su muerte. Efectivamente, Rasmussen no sólo está vivo, sino que aún sigue en pleno ejercicio del poder.

Aunque AFR me parece sólo una broma de alto presupuesto, es un buen ejemplo de lo que es un “falso documental” o “mockumentary" como lo denominó Rob Reiner. El mockumentary narra una historia de ficción con la retórica propia del documental. Usando registros de hechos reales, tomas de archivo, testimonios, entrevistas a expertos, reconstruye sucesos que no pertenecen al mundo histórico sino al orden de la imaginación o abiertamente a la ficción. En este sentido es lo opuesto a la docuficción o a lo que los británicos llamaron docudrama. Esta forma de relato fue tomada poco en serio por considerarse ligera y parasitaria. Sin embargo, a partir de los años ochenta, empieza a considerarse como un verdadero género cinematográfico de complejas connotaciones éticas, políticas y conceptuales.

Quizá los precedentes del género mockumentary puedan remontarse hasta el escándalo radiofónico de La guerra de los mundos causado por Orson Welles o la propia inclusión del formato noticiero en su película Ciudadano Kane. Pero uno de los primeros filmes que se zambullen íntegramente en el género es El diario de David Holzman (1967), genial ironía contra el cinéma vérité orquestada por Jim McBride. El realizador newyorkino reconstruye la historia de un hombre que, motivado por la frase de Godard “el cine es verdad a veinticuatro cuadros por segundo”, decide filmar un diario para encontrar la verdad de su propia vida. Por su puesto la búsqueda resulta calamitosa, Holzman se vuelve un autista, pierde su trabajo y su novia. La película sostiene la tensión hasta el final, solo cuando salen los créditos caemos en cuanta que estamos ante una ficción.

Mas tarde, cineastas de prestigio darían al género sus clásicos. Cito solamente tres: F de Fraude (1973) de Orson Welles, Zelig (1983) de Woody Allen, Forgotten Silver (1995) de Peter Jackson. En la primera, el gordo Welles como siempre ostenta su genialidad, muestra la fragilidad de los límites entre verdad y mentira a través de la biografía de un falsificador de obras de arte. En la segunda, Allen reconstruye la vida de Leonard Zelig, un hombre afectado por una extraña enfermedad que lo hace mimetizarse con las personas que lo rodean. Son exquisitos los testimonios que Susan Sontag o Bruno Bettleheim dan sobre el fenómeno. Forgotten Silver, por su parte, recupera la figura de un pionero del cine de Nueva Zelanda que se adelanto a Griffith y además descubrió el cine sonoro y a color.

En la actualidad el fenómeno mockumentary es más popular que nunca. En Wikipedia se puede encontrar un extenso listado de falsos documentales clasificados en comedia (por ejemplo Borat), drama (entre ellos Holocausto caníbal y The Blair Witch Project) y seriales (algún capítulo de Los Simpsons). Existen varios libros dedicados a la discusión teórica del género. Entre ellos destaca Faking It de Jane Roscoe y Craig Hight y el más reciente Imágenes para la sospecha compilado en español por Jordi Sánchez-Navarro.

El falso documental apelando a las convenciones establecidas que usa el audiovisual para referirse a la realidad produce un discurso paródico con un fuerte poder cuestionador. A través de la apropiación de la retórica documental desautoriza las formas de producción de la verdad audiovisual. No es un simple fraude, ya que no pretende pasar por verdadero. Por el contrario señala como todo aquello que consideramos como realidad es la producción de un efecto de verdad generado mediante protocolos tremendamente frágiles. De ahí que cineastas vanguardistas como Basilio Martín Patino (La seducción del caos, 1990), Isaki Lacuesta (Cravan vs. Cravan, 2002) y Jem Cohen (Cadena, 2004) usen el mockumentary como herramienta para deconstruir los supuestos incuestionados del propio acto de filmar y narrar.

En el mundo posmoderno, donde la realidad ha devenido fábula, el mockumentary se ha convertido en una género crítico que afirma que toda imagen, incluso la más verídica, es un artificio. Sin proponérselo puso bajo sospecha la naturalidad de las imágenes, el último reducto de la certeza moderna.

El Che está de vuelta

22.10.07 en 7:36 p.m.
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Diarios de motocicleta (2004) de Walter Salles
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En los Estados Unidos, el último grito de la moda son pantalones de fajina y una camiseta con su rostro. En Europa, las agencias de turismo encontraron la fórmula del éxito con las rutas de los viajes que hizo por Sudamérica. La gran industria del cine ha hecho de él un héroe de aventuras chic y alternativo. Es indudable que la mítica figura de Ernesto “Che” Guevara es más popular que nunca. Cantidades de libros, filmes y objetos de consumo masivo han revivido al guerrillero argentino apropósito de los 40 años de su muere. Desde 1997, cuando se encontraron sus restos en Bolivia, la iconografía guevarista se ha multiplicado estimulada por las industrias del espectáculo y el reciente giro hacía la izquierda de América Latina. Una buena cantidad de filmes estrenados y por estrenarse han puesto en discusión el fenómeno de la “chemanía” y todo lo que ella representa.

Si hubiese que buscar el momento de climax de esta historia daríamos con Diarios de motocicleta, 2004, protagonizado por Gael García Bernal y dirigida por Walter Salles. La película recaudó 14 millones de dólares en los Estados y tuvo una amplia difusión en Europa. Este filme, sobre el viaje que hizo en 1952 el Che desde Buenos Aires a Venezuela, impulsó la reciente fama del heroico guerrillero en el Primer Mundo. En clave de road movie y con serios problemas de guión, propone una crónica de aventura, descubrimiento y libertad individual con el telón de fondo de la espléndida geografía latinoamericana.

A la película de Salles se suman dos norteamericanos más con el mismo y sencillo título: Che. El primero, protagonizado por Eduardo Noriega y dirigido por Josh Evans, se estrenó en el año anterior. Mientras el segundo, una verdadera bomba que está rodando Steven Soderbergh, mostrará a un Benicio del Toro como Ernesto Guevara y a un Javier Bardem haciendo las de Fidel Castro.

En América Latina, con menos presupuesto y un lenguaje poco espectacular, la moda del Che también hace lo suyo. En 1999, el argentino Marcelo Schapces realizó el documental Che, un hombre de este mundo, un retrato sensible del personaje histórico. En 2000, se estrenó Che, hasta la victoria siempre de Juan Carlos Desanzo, la primera película de ficción sobre el tema rodada en Cuba. Tres documentales recientes abordan los nuevos usos de la iconografía guevarista. De viaje con el Che Guevara del Guían Minà, es una especie de making off de Diarios de Motocicleta. Di buen día a papá del boliviano Fernando Vargas trabaja sobre la persistencia de la imagen del revolucionario en Vallegrande, localidad donde combatió en 1967. Finalmente, El Che de los gays del chileno Arturo Álvares hace un perfil bastante convencional de Víctor Hugo Robles, un activista gay nada convencional, que realiza performaces políticos disfrasado con la figura de Guevara.

La chemania, producida y reproducida por el cine, ha generado más de una polémica. Unos ven en ella la mercantilización de un emblema sagrado de la revolución finalmente convertido en una marca capitalista, otros más ingenuos la interpretan como un reflorecimiento de los ideales del viejo socialismo. Más allá del fenómeno de mercado y las lecturas ideológicas, el Che ha vuelto como una imagen de múltiples significados que desafía ese icono inmutable del adusto mártir del comunismo. Si algo nos ha enseñado el cine es que cada época fabrica personajes a su medida. El Che está en proceso de invención, necesita ser llenado de nuevos significados a tono con los cambios políticos y culturales de nuestro tiempo. Por ahora, es un aventurero que viaja en motocicleta y mejor aún un sofisticado personaje de teatro drag que defiende los derechos de los gays.

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