Toro negro

2.8.07 en 1:37 p.m.
Retoma cierta tradición mexicana que privilegia el sabor y el acento local a través de la potencia del registro directo y del relato abierto. En la misma dirección que Del el olvido y el no me acuerdo, o La canción del pulque, el filme tiene la virtud de revivir el aliento alegórico y demencial de la cultura popular persistente en el entorno rural. Sin embargo va más allá de la crónica social o del relato de ambientes para internarse en el infierno interior de Fernando Pacheco, un joven torero de pueblo que se gana la vida en un permanente desafío a la muerte. Pacheco, alias “El Suicida”, es presentado sin embellecimiento ni paternalismo. Es un ex drogadicto, ladrón y violador, capaz de golpear brutalmente a su mujer embarazada que sin embargo guarda una profunda heroicidad. Como salido de una película de cine negro, este villano de carne y hueso honra un código de honor que está del otro lado de la razón y la moral. En medio de alcohol, la pobreza y el caos, su pasión enfermiza por el toreo le confiere una dignidad paradójica. Alejada de todo juicio moral, Toro negro tiene el mérito de testimoniar la complejidad de la vida en sus lindes a partir de un realismo desenfrenado que no respeta nada, excepto la complejidad del personaje. Al espectador sólo le queda la tensión constante, el angustioso círculo que junta la repulsión y la atracción.

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