En campaña electoral

2.8.07 en 2:02 p.m.
En 1960, Robert Drew filmó la campaña de las elecciones internas del partido Demócrata en el estado de Wisconsin. Lo hizo de una manera singular para la época. Reunió un conjunto excepcional de camarógrafos (Donn Pennebaker, Albert Maysles y Richard Leacock), les suministró cámaras ligeras y les propuso que sigan a los dos candidatos principales sin interferir en sus acciones ni pedirles nada. El resultado fue Primary. Este documental, testimonio histórico del asenso político de John F. Kennedy, marco el nacimiento del cine directo y dio origen al documental electoral.

En la democracia representativa, las campañas electorales son periodos extremadamente intensos cargados de altas dosis de conflicto, suspenso y emoción. Como en pocos momentos del calendario democrático, tensiones históricas y agendas políticas encarnan en la imagen publica de individuos, candidatos al favor popular. No es extraño entonces que el documental ponga su mirada analítica sobre esa realidad posmoderna, mediática y mediada, que son las gestas electorales. Los ejemplos son innumerables, van desde los registros de la campaña del quinto velasquismo realizados por Agustín Cuesta hasta filmes polémicos como Our Brand is crisis (2005) de Rachel Boynton y ¿Quién es el señor López? (2006) de Luis Mandoki.

Propongo prestar atención a dos sobresalientes filmes realizados en América Latina: Entreactos (2004) de João Moreira Salles y Cocalero (2006) de Alejandro Landes, presentado recientemente en el último EDOC. El primero muestra los entretelones de la campaña que en el 2002 llevó a la presidencia del Brasil a Luis Ignacio Lula da Silva. El segundo acompaña a Evo Morales en el último tramo del recorrido electoral que en 2005 lo convirtió en el primer presidente indígena de Bolivia.
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Los dos filmes son dignos herederos de cine directo norteamericano. Se basan en una mirada exhaustiva y distante de las actividades cotidianas de los candidatos. Ambos privilegian un registro en tiempo real y son reacios a la intervención del cineasta. Para mi regocijo, en ninguna hay comentarios en voz over, peor aún un narrador. Moreira Salles apenas se delata en una escena en la cual le niegan la entrada a una reunión. Landes en alguna pregunta indiscreta que dirige a Evo Morales. En síntesis, son buenos ejemplos de lo que Bill Nichols denomina como “documentales de observación”.

En los dos casos las escenas de grandes concentraciones y actos públicos están elididas. Los filmes se concentran en la cara posterior, el bagstage, la faz invisible. La trascendencia de la Historia es encarada desde sus tiempos muertos, cotidianos, descartables. Los dos líderes ―transformados en mito por las masas y los medios― son retratados de manera insólita a partir de los felices momentos en que son insignificantes. Lula recuerda el almuerzo de obrero que incluía un trago y un partido de fútbol relámpago antes del retomar el trabajo. Un pudoroso Evo se baña en las aguas turbias de un río con una camiseta de selección de boliviana.

Sin embargo, ambos filmes tienen sus diferencias. El hermano del famoso Walter Salles es un zorro viejo y ambicioso. Alejandro Landes un debutante, apasionado y sincero. No es raro, entonces, que Entreactos tienda a la concentración, mientras Cocalero a la disipación. Tampoco que el primero tenga una presunción de maestría y media hora del metraje sobrante, mientras que en el segundo haya varias películas en una. Personalmente, prefiero la mirada rizomática de Landes al frío cálculo Moreira Salles. Finalmente, el disipado relato de Landes, es más que un relato electoral. Deja ver por igual una admiración a la nueva democracia indígena como las contradicciones de los sindicatos cocaleros.

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