Lo inmemorable

3.7.07 en 6:11 p.m.
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Tropical Malady de Apichatpong Weerasethakul


Una de las páginas más bellas escritas sobre el recuerdo y el olvido se la debemos a Giorgio Abamben. En su libro Idea de prosa, el filósofo italiano nos lleva a ese momento en que al despertar intentamos recordar un sueño de la noche anterior. Mientras dormíamos, repentinamente hemos visto la verdad, alguien nos dio la clave de nuestra existencia. Nos acordamos de la situación, o quizás solamente de la dulce satisfacción que nos dejó, pero nunca de la revelación. Algo similar sucede con el recuerdo involuntario, cuando súbitamente recobramos una cosa de olvido para perderla poco después. Según Agamben, el sueño y el recuerdo involuntario, que no entran cabalmente en memoria o en la conciencia, permiten la experiencia de un olvido inquietante que él denomina como inmemorable.

Creo haber experimentado una vivencia similar a la descrita por el filósofo en el cine. Con la ambigüedad del sueño y del recuerdo perdido, varias películas me han hecho vivir la experiencia de lo inmemorable. Uno de ellas es La delgada línea roja (1998) de Terrence Malick. A través de los pensamientos de Witt, un desertor del ejército norteamericano atrapado en plena Guerra del Pacífico, el filme evoca un inalcanzable paraíso de conciliación entre los hombres y la naturaleza. Monólogos interiores, cantos religiosos melanésicos, imágenes subacuaticas de niños nadando, planos detalles de reptiles y aves, una cámara que avanza sigilosa entre la vegetación, todo nos remite a la misteriosa unidad del cosmos perdida para siempre, más en tiempos de guerra. Con un ritmo hipnótico y una melancolía inevitable, Malick pone en escena el recuerdo de un mundo olvidado que quizás nunca existió, en el cual, sin embargo, no podemos dejar de pesar.

Otro tanto sucede con Flores del Shanghai (1998) de Huo Hsiao Hsien. En la película, el director taiwanés reconstruye el universo ritualizado y protocolario que se vivía en las elegantes casas de tolerancia en la China del siglo XIX. Gracias al uso exclusivo de larguísimos planos secuencia, separados por fundidos a negro, los burdeles adquieren un aire irreal, alucinado. El ritual de la comida, del sexo y del opio alcanza el mismo semblante de ese recuerdo que uno no sabe si vio o soñó. Atmósferas abrazantes y espacios cerrados sobre sí mismos adquieren un aire de ensoñación. En una lucida contemplación que parece sustraída del tiempo, la película nos pone en un estado de ánimo suspendido entre el sueño y la vigilia, entre el olvido y la memoria.

Finalmente, Tropical Malady (2004) de Apichatpong Weerasethakul nos lleva hurgar en las grietas de la memoria. El atrevido director tailandés realiza una sublime alegoría del amor gay a través de una historia fragmentada en dos. La primera, social y realista, narra escuetamente el cortejo homoerótico entre chico de campo y un joven soldado. Súbitamente la película se corta, e inicia una versión fantástica de la relación de los dos personajes, inspirada en la mitología tailandesa. En escenas nocturnas que transcurren en medio de la selva, el soldado da caza a un chamán que tiene la capacidad de transformase en tigre. Sin saberlo se enfrenta con su amado. A través de la historia fracturada y de imágenes alucinantes e hipnóticas, la película muestra los límites de la memoria individual. Los recuerdos personales, siempre inmersos en el mar del olvido, resplandecen con nueva luz al calor de los saberes inmemorables, tan bellos como inasibles.

Malick, Hsiao Hsien y Weerazetacul son tres maestros de lo inmemorial, de aquellas inquietantes experiencias que no podemos recordar pero tampoco olvidar. Quizá por eso sus películas son tan impactantes. Al fin de su página Agamben escribe: “Lo inmemorable, que se precipita de memoria en memoria sin salir nunca al recuerdo, es propia mente inolvidable”

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